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LA CONMOVEDORA HISTORIA DE ANA, UNA LINDA ABUELITA QUE LLEVA MÁS DE TREINTA AÑOS ARRASTRÁNDOSE POR LAS CALLES DE TARIJA

PorSTBnoticias

Nov 21, 2021

Ana María Mogro nació hace 66 años en un pueblito denominado La Ramada, ubicado cerca de Tupiza, en el departamento de Potosí. Ahí, en una humilde choza de barro, pasó su niñez y adolescencia, correteando las ovejas y cabras, o ayudando a sembrar la pequeña parcela que tenía su familia.

Ana María Mogro.

Pronto se convirtió en una hermosa mujer, se juntó con un joven, con quien se fue a vivir a Montero, Santa Cruz. Allí vivió casi diez años y su familia comenzó a prosperar con un pequeño negocio de abarrotes y ella, una joven fecunda, tuvo a sus cuatro hijos, tres varones y una mujercita. Para comprar mercadería para el negocio, la pareja viajaba constantemente a Cochabamba.

En uno de esos viajes, cuando cumplió 33 años, una noche encargó sus tres pequeños hijos a una vecina, y junto a su concubino y el hijo menor, subieron al primer camión que los quiso llevar, acomodándose sobre la carga de maíz, apretujados con otros pasajeros, porque así se viajaba en aquellos años; sin imaginar que ese viaje cambiaría sus vidas para siempre.

A mitad del camino, a la altura del Chapare, el camión volcó dejando pocos sobrevivientes. Allí murieron su “marido” y su hijo aplastados por la carrocería y ella quedó en estado crítico, con fracturas en las piernas y daños en la columna. La operaron de emergencia en La Paz, luego en Cochabamba, pero nunca más pudo volver a caminar. La mitad inferior de su cuerpo quedó en estado vegetativo, sin responder a ningún estímulo del cerebro.

Como tenía tres hijos menores que mantener, tuvo que arrastrarse y aprender a gatear, y buscar una alternativa de ingresos para su familia. Volvió a su pueblo, vendió las ovejas que le quedaban, con la plata compró galletas, caramelos y golosinas para venderlas en la puerta del colegio donde estudiaban sus niños, en la ciudad potosina de Villazón.

Cuando logró sacarlos bachiller, ellos consiguieron pareja y se fueron, quedando Ana María sola en un cuarto alquilado. Pero como dice ella, “por suerte”, sus hijos le entregaron dos nietos para que los cuide, y ellos son su única compañía y el motivo de su lucha todos los días. Es así que ahora, como abuela, es responsable de dos varones, uno de 13 y otro de 15 años de edad, y desde hace casi una década se busca la vida arrastrándose por las calles de la ciudad de Tarija, recorriendo la zona central, los mercados, o las ferias, donde se dedica a pedir limosna, «algunos me tiran monedas, y yo las junto», ahorro todo lo que puedo, compro arroz, azúcar, ropita para mis nietos y viajo a Villazón a dejarles; de ahí vuelvo de nuevo, qué más puedo hacer, ya estoy vieja.

Lo único que quiero es que ellos salgan bachilleres”, indica todavía con una sonrisa en los labios, mientras los ojos se le nublan. Es evidente que Ana María tiene muchas necesidades, vive con sus dos nietos en un cuarto alquilado en Villazón, porque no tiene casa propia, todavía no fue vacunada contra la Covid-19, y aunque le regalaron una silla de ruedas, la usa muy poco, porque ya se acostumbró a moverse gateando por las calles, con trapos en las manos y rodillas para evitar el dolor, a comer a veces, al frío, o a dormir donde le agarra la noche.

“Ahora estoy bien, duermo bajo techo y hay sereno aquí”, indica mientras tiende cartones rotos para hacer su cama, al lado de la exposición de finos catres y muebles de madera, en la exterminal de la ciudad de Tarija.

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