
“Quisiera que legalicen la eutanasia porque no soy el único que sufre; no quisiera irme sin sentir mi cuerpo”, dice entre lágrimas Aldrin Ichuta, un joven de 20 años diagnosticado hace tres con osteosarcoma, un tipo de cáncer en los huesos.
Desde el sufrimiento, Aldrin pide que en Bolivia se apruebe una ley que permita evitar el dolor de muchos, cuyas voces generalmente no son escuchadas. El viacrucis de Aldrin y su familia comenzó en 2023, cuando, en sus labores cotidianas, sintió un dolor en una de sus rodillas tras bajar una acera en una calle de la ciudad de El Alto.
Elisa, su madre, cuentaque recorrieron varios hospitales en busca de respuestas y, aunque las tomografías indicaban que todo estaba bien, la progenitora sabía que se trataba de algo grave.
“Hice ayunos, Dios me lo dijo”, relata Elisa, quien se apersona todos los días en el Hospital Obrero de la urbe alteña para llevarle el desayuno a su esposo, quien se queda al cuidado de Aldrin, además de llevarle ropa limpia a su hijo.
Enfermarse de cáncer requiere montos elevados. La madre relata que tuvieron que costear exámenes con precios de hasta $2,400. “Me tuve que endeudar”, menciona. Como consecuencia del cáncer, Aldrin empezó a usar una prótesis en la rodilla, que consiguieron desde Argentina.
Asimismo, hay momentos en los que deben comprar medicamentos muy costosos. Pese a las adversidades, la madre se muestra optimista y no desea perder la fe en que su hijo supere la enfermedad.
¿Por qué Aldrin pide la eutanasia?
El pasado miércoles, el joven fue sometido nuevamente a exámenes tras presentar dificultades en el habla. “Él dice: ‘¿Cómo todos los que tienen cáncer pueden hablar? Pueden hablar normal, ¿no? Solo sienten el dolor, el dolor lo podemos controlar; pero, mamá, yo estoy perdiendo la sensibilidad’”, relata. Debido a esa sensación de adormecimiento, la madre menciona que Aldrin no puede comer con normalidad y se limita a tomar licuados.
“Me dice: ‘Ya no puedo más, duele, mamá’ (…). Eso es lo que le preocupa. Me dice que está perdiendo la sensibilidad de un lado y que no quiere quedarse así”, relata.
La preocupación de Aldrin surgió además tras someterse a quimioterapias durante un año. En la sala, el joven no solo sufrió en carne propia, sino que vio a niños de entre 3 y 12 años gritar de dolor, especialmente en la sala de cuidados paliativos, donde se encuentran los enfermos desahuciados.
De acuerdo con la madre, Aldrin quedó conmocionado por el padecimiento de las personas a su alrededor en la sala de quimioterapia: pacientes a los que veía con vida horas antes y que al día siguiente eran retirados sin signos vitales.
“Yo no quiero sufrir eso, por eso tiene esa petición de la eutanasia. Pero él es mayor de edad, sabe lo que hace. Yo no estoy de acuerdo, no lo apoyo”, revela Elisa. Aldrin es especial, comenta la madre.
Logró reunir a toda la familia en su cumpleaños el pasado 21 de septiembre y ella cree que tal vez la misión de su hijo sea especial, ya que hace mucho tiempo enfermos han pedido la aprobación de la eutanasia sin ser escuchados.
En el caso de su hijo, afirma que él está decidido a luchar hasta el final para que este pedido sea atendido. Elisa ha decidido mantenerse fuerte; sonríe cuando está con Aldrin y ha preferido que su hijo menor, de 11 años, no esté al tanto de todo para evitarle preocupaciones. Hay días en los que decide quedarse todo la jornada junto a su hijo. “No pierdo la fe, Dios obrará”, sostiene.
